Cuando hablo de mí mismo -un tema que toco con alguna frecuencia, aunque entiendo que a no todo el mundo le pueda interesar igual que a mí- suelo decir que carezco de paciencia a corto plazo, pero que dispongo de grandes reservas de la paciencia a largo plazo. También podría decir que tengo poca paciencia extrínseca, pero mucha paciencia intrínseca.
Es decir, si alguien me
dice que va a hacer algo a una hora determinada, o se emplaza para un momento
concreto, me molestará que incumpla ese compromiso, aunque mi tendencia hacia
lo zen me permite no sulfurarme, al menos externamente. En cambio, puedo
esperar días, meses o años para conseguir algo, aunque esa espera resulte
básicamente inactiva (una especie de las cosas acabarán cayendo por su propio
peso).
Lo señalado en esta
entrada no influyó en el hecho de que aprobara la oposición a la que me
presenté. Quizá suene presuntuoso, pero en aquellos momentos nunca me planteé
la posibilidad de que no fuera a sacarla. Ahora, a toro pasado (un cuarto de
siglo pasado), quizá pecara de inconsciente.
O quizá es que ese modo mío de ser, tesonero, hiciera que yo mismo estuviera convencido de que aprobaría.
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