Entre los que votan a la izquierda, podemos distinguir varios grupos o razones, no mutuamente excluyentes. Lo mismo vale para los que votamos a la derecha, pero no es ese el tema de esta entrada.
Los hay que lo hacen por convencimiento ideológico:
creen firmemente en los postulados de la izquierda y consideran que son mucho
más beneficiosos para la gente en general que los de la derecha.
Luego están los que lo hacen por odio o
rencor a la derecha, fundado o no. Quizá son descendientes del bando perdedor
en nuestra (última) guerra civil. Quizá son descendientes del bando ganador,
pero quieren hacerse perdonar ese pecado de origen exhibiendo más celo
izquierdista que los de izquierdas de toda la vida.
Finalmente están los que lo hacen por puro y
simple interés. Familiar, sociológica y hasta personalmente son de derechas,
pero votan a la izquierda porque les sale más rentable. Alguno de estos conozco
personalmente.
De todos ellos, los únicos que me inspiran
algo parecido a la lástima son los primeros. Pobres almas cándidas, su
desencanto es palpable cuando se dan de bruces con la realidad. Como las
seiscientas mujeres del partido de la mano y el capullo, a las que el partido
dio la espalda al priorizar una conferencia por la paz. Se declararon sorprendidas.
Pobreticas…

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