En el medio siglo largo de vida que llevo -de hecho, estoy bastante más cerca de los sesenta que de los cincuenta… ¡ouch!-, la percepción de la sociedad hacia los que son no normales ha cambiado mucho.
De considerarles unos bichos raros,
prácticamente unos apestados socialmente, se ha pasado a valorarlos como seres
humanos válidos y dignos de respeto, en algunos casos casi una bendición (salvo
que seas roja y estés preñada, en cuyo caso, al abortorio con ellos).
Pero una cosa es una cosa y seis son media
docena. Y lanzar una Barbie autista para promover la inclusión y
la representación de la neurodiversidad me parece una giliprogrez del tamaño
del Peñón de Gibraltar, por lo menos.
Dicho sea con todo mi respeto.

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