Cuando se presentó a las elecciones presidenciales argentinas, el hoy jefe del Estado era conocido con el apelativo de el Loco.
Y mentalmente trastornado había que estar,
ciertamente, para meterse a intentar arreglar un país que, teniendo los mimbres
para ser de los más ricos del mundo -lo era hace un siglo-, ha sido desbaratado
por una clase política inepta, corrupta y, sobre todo, profundamente ladrona.
Pero lo que parecía imposible se va consiguiendo, y hoy crece la clase media y se hunde la indigencia en la ciudad a la que el chiste se refería como la más grande de Italia.

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