Se llama al cine el séptimo arte. Sin embargo, ha devenido, en general, en una industria, la industria del entretenimiento. Como dijo Robert Mitchum (la traducción es mía):
No es un trabajo complicado. Lees un guión. Si te gusta el papel y la paga está bien, lo tomas. Entonces, te aprendes tus líneas. Llegas a tu hora. Haces lo que el director te dice que hagas. Cuando terminas, descansas y entonces sigues con el siguiente papel. Eso es todo.
Hay, sin embargo, quienes pretenden vivir del
cine pero manteniendo su autoconcedido estatus de artistas, de gente de
la cultura. Entre ellos se encuentra la gran mayoría de los actores,
directores y guionistas españoles, empeñados en erigirse en faro de la moral,
referente de la ética y azotes de lo políticamente incorrecto.
Por eso, nos martillean con bodrios que cada
vez menos gente va a ver. Por eso, cuando el titular dice El cine español se hunde más en 2.025: pierde setecientos mil espectadores pese al récord de subvenciones,
habría que criticarles por la errata garrafal.
No es pese a, sino precisamente por.

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