Y vaya si lo es. En cualquier otro país, siquiera para aparentar, la cabeza del poder ejecutivo interrumpiría sus vacaciones -incluso si las tuviera bien merecidas, que ese es otro asunto-si se produjera una catástrofe de mediano tamaño.
Aquí una digresión. Es frecuente tildar de humanitarias las catástrofes que mueven a la compasión o al horror ante su magnitud. Sin embargo, y de acuerdo con el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, dicho término significa, en primer lugar, que mira o se refiere al bien del género humano (con sinónimos como filántropo, altruista, solidario, humano, filantrópico, bienhechor, benefactor); en segundo lugar, benigno, caritativo, benéfico (con sinónimos como caritativo, compasivo, bondadoso, generoso, y antónimos como cruel, inhumano, egoísta); en tercer lugar, que tiene como finalidad aliviar los efectos que causan la guerra u otras calamidades en las personas que las padecen, especialmente cuando hay un gran número de afectados (en casos como ayuda o campaña humanitarias); y en cuarto y último lugar, y dicho de una situación, que requiere de ayuda humanitaria (como en los casos de crisis, catástrofe o tragedia humanitarias).
Es decir que salvo que todos los
periodistas, tertulianos y opinadores hayan adquirido simultáneamente un
conocimiento del español sólo al alcance de los más avezados lingüistas,
podemos concluir que la única catástrofe humanitaria (por beneficiosa)
concebible es la caída de un meteorito en el salón del consejo de ministros del
palacio de la Moncloa en el momento en que se esté celebrando una reunión en
pleno del desgobierno socialcomunista que tenemos la desgracia de padecer. Fin de
la digresión.
Pero en España no nos movemos por semejantes
criterios, y mientras la morisma nos invade, el psicópata de la Moncloa se
encuentra de vacaciones, dedicándose a recomendar por redes sociales las canciones
de su lista de reproducción, con el consiguiente estupor de los medios internacionales de comunicación.
Aunque ya deberían estar acostumbrados.

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