Tanto la izquierda como la derecha acomplejada, en España y fuera de ella, levantan (metafóricamente) los brazos al cielo cuando opciones consideradas de ultraderecha se imponen en unas elecciones o, al menos, consiguen un resultado significativo.
Parecen considerar que tal circunstancia se
ha producido poco menos que por generación espontánea o, algo peor, que esos
partidos de ultraderecha han pervertido el sistema democrático para obtener más
sufragios de los que (sus adversarios, que son casi todos, estiman) les
corresponderían.
Cuando lo que tienen que hacer es preguntarse qué han hecho mal los partidos tradicionales para propiciar este avance de la ultraderecha, y poner remedio. Porque, como dijo Einstein, la definición de estupidez es pretender obtener un resultado diferente haciendo las mismas cosas.
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