Personalmente, no le tengo tirria al club fundado por Hans Gamper por su deriva secesionista, ni por ser yo del Español, ni por ese espíritu victimista del que no pueden librarse. No, la historia es mucho más sencilla, y ni siquiera tiene que ver con el fútbol.
En la década de los noventa del siglo pasado,
jugando Arvydas Sabonis en el Real Madrid (de baloncesto, claro), en un partido
contra el Farça los aficionados culés se pusieron a corear Sabonis,
hijo de puta. Si lo hubieran dicho de Dražen Petrović lo habría entendido,
porque era un mal bicho (al menos, dentro de la cancha); pero el lituano
siempre me pareció un tío educado (y a ver quién es el guapo que llama hijo
de puta a la cara a alguien de dos metros veinte). Desde entonces, les
tengo ojeriza.
Como he dicho, la politización separatista ha
sido la guinda del pastel. Porque esa es otra: junto con el Bilbao, fue uno de
los dos equipos del régimen durante el franquismo, hasta el punto que se
salvaron de la ruina dos (o tres) veces gracias al Generalísimo.
A la que vamos. Hace cosa de un mes, ganaron la Liga, y en el desfile en autobús por las calles de la ciudad condal, Lamine Yamal (un tío con tanto talento en los pies como, parece, poco seso en la cabeza) ondeó una bandera palestina, mientras varios de sus compañeros -que juegan enla selección española, para más inri- hacían ondear esos trapos que son la hija bastarda de la bandera cubana y el blasón de la Corona de Aragón.

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