En la película Los chicos del coro, todo el doctrinario pedagógico (por llamarlo de alguna manera) del director del centro donde transcurre la historia se resume en dos palabras: acción, reacción.
Pues bien, este es uno de esos casos en los
que la reacción se publicó antes que la acción. Sí, ya sé que, escribiendo y
programando estas entradas con dos semanas de adelanto, tendría -tengo, de
hecho, entendiendo por el tiempo presente el momento en que estoy
redactando esta entrada- tiempo más que de sobra para darle la vuelta al orden
de publicación y mantener la coherencia cronológica. En cambio, he preferido
mantener la naturalidad y que las entradas salieran como si las
escribiera como venía haciendo hasta hace un par de meses, la víspera de ser
publicadas. Vamos a ello.
La Hacienda en general, y la española en
particular, siempre ha tenido muy mala fama entre los contribuyentes. No porque
fueran como Robin Hood, que robaba a los ricos para dárselo a los pobres, sino
por comportarse más bien como el sheriff de Nottingham, que robaba a todo el
mundo para quedárselo él.
Esta impresión se acentuó con la penúltima y
el antepenúltimo titulares de la cartera: respectivamente, Petisú
Montero y Drácula Montoro, ávidos absorbedores de cualquier euro que se
encontrara en los bolsillos de los sufridos ciudadanos. Ciudadanos que, por
miedo o por falta de medios, habitualmente no se enfrentaban a Hacienda.
Pero hay quienes tienen los medios suficientes como para resistir, plantear una batalla judicial… y ganar. Gente como la cantante Shakira, con mal gusto para elegir al padre de sus hijos, pero que ha conseguido que la Audiencia Nacional declare que las sanciones de Hacienda contra ella son contrarias a Derecho, y que ordene la consiguiente devolución a la cantante de cantidades ingresadas.

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