Sólo los ricos pueden permitirse el lujo de ser derrochadores: los pobres bastante tienen con mirar por sí mismos.
Valga esta comparación para hacer referencia
al tema del ecologismo sandía al que parecen haberse aficionado en Bruselas. Fieles
observadores de la agenda 2.030, persiguen que a medio plazo no tengamos nada,
pero seamos felices; o, como dice el chiste, que no podamos quejarnos.
Y es que las normas (pretendidamente)
ecologistas tienen sentido cuando hay una alternativa viable: renunciar a los
combustibles fósiles cuando las llamadas energías renovables todavía no
son un sustituto sostenible equivale a saltar de un avión sin paracaídas.
Al otro lado del Canal de la Mancha no parecen
estar demasiado de acuerdo con el rumbo de la nave que abandonaron no hace
tanto, y han dado un toque de atención a la Unión Europea por querer imponer
sus estándares medioambientales a terceros países, lo que puede acabar poniendo
en riesgo el abastecimiento de alimentos y disparando los costes de
importación.
Al final, todavía va a resultar que lo del Brexit no fue tan mala decisión.

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