Una persona con quien me une una relación de profunda amistad me recalca de vez en cuando que Francisco Franco fue un dictador sanguinario que asesinó a muchísima gente y que se mantuvo cuarenta años en el poder por la fuerza de las armas, matando gente hasta el final.
Aunque, a efectos meramente dialécticos,
suelo responder que estoy dispuesto a aceptar ese punto de vista, afirmo también
que la alternativa -la victoria del Frente Popular o, simplemente, la
perduración de la república- habría sido mucho peor. Repasemos.
La segunda república fue un régimen que nació
de manera ilegal e ilegítima. Ilegal porque aprovechó un vacío de poder tras
unas elecciones que no eran legislativas, ni constituyentes, ni siquiera un referéndum
entre monarquía y república, sino unas elecciones municipales. E ilegítima
porque esas elecciones no las ganaron los partidos republicanos, sino los
monárquicos.
Fue un régimen que media España -la marxista:
en aquel entonces, el partido fundado por Paulino Iglesias lo era todavía-
intentó imponer a la otra media, buscando detentar el poder tanto tiempo como
les fuera posible. Un régimen en el que la izquierda no estaba dispuesta a que
gobernara el partido más votado, salvo que el partido más votado fueran ellos.
Un régimen en el que, cuando perdieron las
elecciones, montaron una revolución. Un régimen en el que los partidos de
izquierda sostenían no creer en la democracia y estar dispuestos a ir a la
guerra civil. Un régimen en el que, para volver al poder, la izquierda montó un
pucherazo de proporciones ciclópeas. Un régimen en el que, vuelta al poder, la izquierda
se amnistió a sí misma por el golpe de Estado que habían perpetrado. Un régimen
en el que, en sede parlamentaria, se amenazaba de muerte al jefe de la
oposición. Un régimen en el que los escoltas del líder del partido fundado por
Paulino Iglesias asesinaron a ese jefe de la oposición.
Un régimen que quemó iglesias, destruyó obras
de arte sólo por ser religiosas, y emprendió un genocidio contra los católicos.
Un régimen en el que, en lugar de combatir al bando insurgente, se dedicaron a
pelearse entre ellos con saña africana. Un régimen en el que los líderes de
izquierdas arramblaron con todas las riquezas que pudieron para luego salir por
patas y vivir a cuerpo de rey, mientras las masas padecían.
Un régimen que se calificaba a sí mismo de democrático.

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