He dicho tantas veces “esto ya es lo último” que, si cobrara un céntimo por cada vez, podría comprarme una casita en el Undécimo Pueblo (que espero —ingenuo de mí— no esté pasando por nada parecido). Pero el Noveno Pueblo nunca decepciona. Nunca descansa. Nunca se queda sin ganas de desafiar a cualquier principio básico de la realidad.
Porque ahora… se han rebelado las alcantarillas.
El primer borboteo sospechoso
Ocurrió ayer al mediodía. Iba yo paseando
tranquilamente por la Calle de las Setas Rechazadas, disfrutando de un
bocadillo de tortilla (uno de los pocos placeres que todavía no se han
levantado en armas), cuando escuché un glup.
No un glup normal.
Ni siquiera un glup con eco.
Era un glup solemne, con autoridad. El tipo
de sonido que haría un océano si decidiera hablar contigo de tú a tú.
Miré hacia abajo y lo vi: la alcantarilla
redonda, esa que lleva años absorbiendo lluvia, hojas secas y algún que otro
calcetín huérfano, estaba vibrando. No fuerte, no en plan terremoto. Vibraba
como quien está impaciente.
Di un paso atrás.
La alcantarilla giró un poco.
Luego hizo un salto… sí, un SALTO… de unos
dos centímetros.
Y luego otro.
Y otro.
— Por favor, no empieces —suspiré, ya
resignado.
Pero empezó.
Empezó con ganas.
La salida a la superficie
En cuestión de minutos, otras alcantarillas
de la calle comenzaron también a moverse. Primero pequeños temblores. Luego
inclinaciones leves. Y finalmente, el momento crucial: las tapas se abrieron.
No del todo, pero lo suficiente para que un
espectáculo ridículo e inquietante empezara a tomar forma: chorros de agua
perfectamente verticales salieron disparados, no hacia arriba, sino hacia los
lados, en ángulos imposibles, como si las cañerías estuvieran hartas de
obedecer a la gravedad.
Un gato callejero salió corriendo.
Una señora gritó.
Un turista se puso a grabar.
Yo simplemente tomé notas.
Las alcantarillas, una tras otra, comenzaron
a deslizarse por la calle, dejando surcos húmedos a su paso como babosas
metálicas gigantes. No sé si habéis visto alguna vez a una tapa de alcantarilla
caminando con dignidad: yo sí, y os aseguro que es un espectáculo que te hace
replantearte tu dieta, tu salud mental y las leyes de la física.
La congregación subterránea
Las alcantarillas avanzaron hacia la plaza
central —el centro habitual de insurrecciones— y allí se colocaron en círculo.
Sí, un círculo.
Un círculo perfecto, como si hubieran pasado
toda su existencia calculando geometría en secreto.
El agua brotaba de algunas de ellas formando
arcos que se cruzaban en el aire, creando un entramado acuático que parecía un
mensaje cifrado.
Y yo, que ya empiezo a manejarme en dialectos
absurdos del mobiliario urbano, comprendí algo: Las alcantarillas estaban
exigiendo limpieza.
Sí. Limpieza.
Estaban hartas de absorberlo todo: hojas,
basura, juguetes perdidos, secretos nunca confesados… y querían que
reconociéramos su sacrificio.
Era una queja legítima, si lo pensáis.
Nadie las agradece jamás.
La más antigua —una tapa rectangular con
inscripciones de hace décadas— se levantó unos milímetros, lo justo para
producir un sonido grave, profundo, como si un monstruo marino estuviera
golpeando las paredes desde dentro.
Llegó el concejal, claro
El concejal de Alcantarillado y Flujo Urbano
—sí, existe, no dudéis de ello— apareció con cara de haber dormido tres minutos
y medio durante la última semana.
Miró el círculo de alcantarillas rebeldes.
Miró los chorros danzantes.
Miró la multitud que se había congregado.
Suspiró profundamente y declaró: — Están
atravesando un proceso de reivindicación hidráulica.
Por supuesto, nadie entendió nada.
Ni falta que hacía.
El caos final: el pueblo, sin drenaje
Cuando las alcantarillas decidieron que ya
habían comunicado su mensaje, regresaron lentamente a su sitio… pero no
cerraron bien.
Desde entonces, cada lluvia ligera (y aquí
llueve cada tarde desde hace tres días) convierte las calles en pequeños
océanos improvisados. Las alcantarillas dejan escapar burbujas gigantescas,
como si estuvieran riéndose de nosotros desde las profundidades. Y lo peor: se
niegan a tragar nada.
Nada de nada.
Ni agua.
Ni hojas.
Ni colillas.
Ni promesas rotas.
El Noveno Pueblo está oficialmente inundado.
Nuevamente.
¿Y ahora qué?
No lo sé.
Pero no tengo duda de que esto es solo el
preludio de algo mayor.
Las alcantarillas han demostrado que hasta lo
más profundo y oculto puede hartarse.
¿Qué vendrá ahora?
¿Los contadores eléctricos?
¿Los postes del alumbrado?
¿Las piedras del pavimento?
¿Los toldos? ¿Los columpios? ¿Las antenas
parabólicas?
Sea lo que sea, seguiré informando.

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