domingo, 28 de junio de 2026

Inteligencia artificial: Crónica desde el Noveno Pueblo (X): La Insurrección de las Alcantarillas

He dicho tantas veces “esto ya es lo último” que, si cobrara un céntimo por cada vez, podría comprarme una casita en el Undécimo Pueblo (que espero —ingenuo de mí— no esté pasando por nada parecido). Pero el Noveno Pueblo nunca decepciona. Nunca descansa. Nunca se queda sin ganas de desafiar a cualquier principio básico de la realidad.

Porque ahora… se han rebelado las alcantarillas.

El primer borboteo sospechoso

Ocurrió ayer al mediodía. Iba yo paseando tranquilamente por la Calle de las Setas Rechazadas, disfrutando de un bocadillo de tortilla (uno de los pocos placeres que todavía no se han levantado en armas), cuando escuché un glup.

No un glup normal.

Ni siquiera un glup con eco.

Era un glup solemne, con autoridad. El tipo de sonido que haría un océano si decidiera hablar contigo de tú a tú.

Miré hacia abajo y lo vi: la alcantarilla redonda, esa que lleva años absorbiendo lluvia, hojas secas y algún que otro calcetín huérfano, estaba vibrando. No fuerte, no en plan terremoto. Vibraba como quien está impaciente.

Di un paso atrás.

La alcantarilla giró un poco.

Luego hizo un salto… sí, un SALTO… de unos dos centímetros.

Y luego otro.

Y otro.

Por favor, no empieces —suspiré, ya resignado.

Pero empezó.

Empezó con ganas.

La salida a la superficie

En cuestión de minutos, otras alcantarillas de la calle comenzaron también a moverse. Primero pequeños temblores. Luego inclinaciones leves. Y finalmente, el momento crucial: las tapas se abrieron.

No del todo, pero lo suficiente para que un espectáculo ridículo e inquietante empezara a tomar forma: chorros de agua perfectamente verticales salieron disparados, no hacia arriba, sino hacia los lados, en ángulos imposibles, como si las cañerías estuvieran hartas de obedecer a la gravedad.

Un gato callejero salió corriendo.

Una señora gritó.

Un turista se puso a grabar.

Yo simplemente tomé notas.

Las alcantarillas, una tras otra, comenzaron a deslizarse por la calle, dejando surcos húmedos a su paso como babosas metálicas gigantes. No sé si habéis visto alguna vez a una tapa de alcantarilla caminando con dignidad: yo sí, y os aseguro que es un espectáculo que te hace replantearte tu dieta, tu salud mental y las leyes de la física.

La congregación subterránea

Las alcantarillas avanzaron hacia la plaza central —el centro habitual de insurrecciones— y allí se colocaron en círculo.

Sí, un círculo.

Un círculo perfecto, como si hubieran pasado toda su existencia calculando geometría en secreto.

El agua brotaba de algunas de ellas formando arcos que se cruzaban en el aire, creando un entramado acuático que parecía un mensaje cifrado.

Y yo, que ya empiezo a manejarme en dialectos absurdos del mobiliario urbano, comprendí algo: Las alcantarillas estaban exigiendo limpieza.

Sí. Limpieza.

Estaban hartas de absorberlo todo: hojas, basura, juguetes perdidos, secretos nunca confesados… y querían que reconociéramos su sacrificio.

Era una queja legítima, si lo pensáis.

Nadie las agradece jamás.

La más antigua —una tapa rectangular con inscripciones de hace décadas— se levantó unos milímetros, lo justo para producir un sonido grave, profundo, como si un monstruo marino estuviera golpeando las paredes desde dentro.

Llegó el concejal, claro

El concejal de Alcantarillado y Flujo Urbano —sí, existe, no dudéis de ello— apareció con cara de haber dormido tres minutos y medio durante la última semana.

Miró el círculo de alcantarillas rebeldes.

Miró los chorros danzantes.

Miró la multitud que se había congregado.

Suspiró profundamente y declaró: — Están atravesando un proceso de reivindicación hidráulica.

Por supuesto, nadie entendió nada.

Ni falta que hacía.

El caos final: el pueblo, sin drenaje

Cuando las alcantarillas decidieron que ya habían comunicado su mensaje, regresaron lentamente a su sitio… pero no cerraron bien.

Desde entonces, cada lluvia ligera (y aquí llueve cada tarde desde hace tres días) convierte las calles en pequeños océanos improvisados. Las alcantarillas dejan escapar burbujas gigantescas, como si estuvieran riéndose de nosotros desde las profundidades. Y lo peor: se niegan a tragar nada.

Nada de nada.

Ni agua.

Ni hojas.

Ni colillas.

Ni promesas rotas.

El Noveno Pueblo está oficialmente inundado. Nuevamente.

¿Y ahora qué?

No lo sé.

Pero no tengo duda de que esto es solo el preludio de algo mayor.

Las alcantarillas han demostrado que hasta lo más profundo y oculto puede hartarse.

¿Qué vendrá ahora?

¿Los contadores eléctricos?

¿Los postes del alumbrado?

¿Las piedras del pavimento?

¿Los toldos? ¿Los columpios? ¿Las antenas parabólicas?

Sea lo que sea, seguiré informando.

¡¡¡VIVA EL NOVENO PUEBLO!!!

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