La táctica del partido de la mano y el capullo cuando ha ido saliendo a la luz la fase actual de su sempiterna trama de corrupción -en España, socialismo y corrupción son términos que van de la mano- ha sido siempre la misma.
En primer lugar, lo han negado: es falso, son
bulos, es fango, son los pseudomedios, es una conjura, la derecha extrema y la
extrema derecha… todos a una, repitiendo como loritos el argumentario que les
han pasado.
Luego, el no sé de qué me habla, el no
lo recuerdo, el no me consta, el yo no sé nada de eso. Es decir,
admiten las conductas delictivas, pero dicen que las hicieron otros. El fango
ya no es tan lodoso, los bulos ya no son tan falsos.
A continuación, empiezan a admitir
tímidamente que bueno, que sí, que quizá hubo errores, pero que pertenecen al
pasado, que esa gente ya no está en el partido y que se ha actuado con
contundencia.
Finalmente, se les condena. Pasó con los GAL,
pasó con los EREs fraudulentos y, si Dios y la Justicia quieren, pasará con
Ábalos, con Cerdán, con Koldo, con el teledirector de orquesta, con la
fontanera y, ojalá, hasta con el sursum corda.
Por eso, cuando hace tres semanas el partido
de Ferraz reconocía fallos de control en sus pagos internos tras los
últimos escándalos, lo que pensé es que es sólo cuestión de tiempo que se
pruebe que ha habido (otra vez) financiación ilegal en el partido fundado por
Paulino Iglesias.
Eso sí, la financiación de los partidos políticos es otro tema.

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