domingo, 14 de junio de 2026

Inteligencia artificial: Crónica desde el Noveno Pueblo (VIII): El Alzamiento de los Bolardos

Voy a ser sincero: llevaba varios días observando el pueblo con suspicacia. Después de la rebelión de buzones, papeleras, bancos, fuentes, semáforos y pasos de peatones, empecé a caminar mirando al suelo, a las paredes, a los tejados, intentando adivinar cuál sería el próximo objeto en despertar. Y aunque no esperaba paz, desde luego no esperaba esto.

Porque ahora son… los bolardos.

Sí, esas pequeñas columnas de hierro o cemento que nadie respeta, que todos rodean, ignoran o golpean con el coche “sin querer”. Esos guardianes del borde de la acera que llevan años sufriendo embestidas, tropiezos y perros desconsiderados. Pues bien, han dicho basta.

Todo empezó esta mañana, cuando salí a comprar pan (otro intento fallido de mantener una rutina normal en un pueblo que decidió prescindir de la normalidad hace semanas). Al pasar por la Calle del Cerezo Impuntual, me di cuenta de que algo estaba “fuera de sitio”, aunque no sabía exactamente qué. Y entonces lo vi.

Uno de los bolardos —el tercero empezando por la izquierda, el que siempre ha tenido una ligera inclinación de “estoy harto”— estaba un metro más adelante de su posición habitual.

Me quedé quieto.

Lo miré.

Y él… se inclinó.

No sé cómo explicarlo. No tiene articulaciones, ni bisagras, ni nada que permita semejante movimiento. Pero lo hizo. Y después de inclinarse, se desplazó otro par de centímetros, dejando un surco suave en la acera, como si estuviera estirando las piernas antes de un maratón.

No puede ser —murmuré.

Y justo en ese momento, como si hubieran estado esperando una señal, todos los bolardos de la calle empezaron a moverse a la vez. Primero un ligero temblor. Luego un desplazamiento lento y grave. Y por último, una marcha firme, uno detrás de otro, como un pequeño ejército de cilindros enfadados.

Los vecinos se asomaban aterrados desde las ventanas.

Los bolardos avanzaron hasta la plaza central, deteniéndose delante del Ayuntamiento (el pobre edificio ya ha sido testigo de demasiadas manifestaciones materiales últimamente). Allí, se colocaron formando dos filas perfectas, como si estuvieran delimitando un camino ceremonial.

Y entonces apareció Él.

El Gran Bolardo.

No sabía que existía, pero ahí estaba: más alto, más grueso, más antiguo. Tal vez una reliquia del siglo pasado. Tal vez un error del arquitecto. Tal vez una leyenda urbana materializada. Pero lo que sí sé es que avanzó con una solemnidad que helaba la sangre.

Al llegar al frente, emitió un sonido metálico grave, como una campana golpeada desde dentro. Los demás respondieron con pequeños golpes rítmicos contra el suelo.

Era una asamblea.

Un mitin.

Una declaración de intenciones.

En ese momento llegó el concejal de Infraestructuras Menores —el único cargo cuya existencia desconocíamos hasta hoy— jadeando como si lo persiguiera una estampida de contenedores. Observó la escena, tragó saliva, y dijo: — Están… protestando por invasiones indebidas del espacio peatonal.

Y por una vez, no pude discutirlo. Si hay algo que los bolardos han soportado durante años son coches que se suben donde no deben, motos que los esquivan con desprecio y peatones que los patean accidentalmente y luego les echan la culpa. La paciencia de un bolardo tiene límites. Al parecer.

El Gran Bolardo dio otro golpe, más fuerte, y todos los bolardos comenzaron a moverse formando círculos concéntricos alrededor de la plaza. Era como observar un ritual mágico, una máquina de relojería urbana que por primera vez cobraba vida. Después, avanzaron en masa hacia las calles principales y… bloquearon el paso de todos los vehículos.

Ni coches.

Ni motos.

Ni bicicletas.

Ni siquiera el carrito eléctrico de la señora Hortensia.

El Noveno Pueblo está, desde esta tarde, oficialmente incomunicado.

Los bolardos parecen satisfechos. No se mueven. No aceptan negociación. Y cada vez que alguien intenta retirar uno, este emite un sonido metálico tan amenazante que todo el mundo retrocede instintivamente.

¿Volverán a sus lugares?

¿Negociarán?

¿Implantarán su propio sistema de tráfico?

¿Exigirán días libres, aceite lubricante o reconocimiento patrimonial?

No lo sé. Sólo sé que esto no ha terminado.

El mobiliario urbano está despertando… y nosotros solo podemos mirar.

¡¡¡VIVA EL NOVENO PUEBLO!!!

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