Dicen que la política hace extraños compañeros de cama. Lo que no dicen, o al menos yo no lo he escuchado, es que la política es bastante irónica.
En efecto, quienes en el pasado aparecían
como gañanes indoctos, con el devenir del tiempo demuestran tener un poso de
decencia personal que los eleva por encima de quienes, en su momento, parecían
de más grandeza.
Es lo que ocurrió con José Luis Corcuera, el
de la ley Corcuera, también conocida como ley de la patada en la puerta.
De hecho, creo recordarme volviendo a casa de mis padres, caminando cerca del
río (no diré cuál), y oyendo por la radio hablar del tema. Pero me desvío del
tema. Con el tiempo, tirando sólo de sentido común -admito sesgo de
confirmación-, el que no era más que un electricista algo bruto aparenta tener
más altura moral que muchos de sus compañeros de partido.
Algo parecido ocurre con Tomás Gómez, en tiempos
alcalde de Parla y figura prominente de la franquicia madrileña del partido de
la mano y el capullo, y ahora una especie de Pepito Grillo de su
partido. Según el susodicho, el PSOE podría desaparecer, y el psicópata de la
Moncloa se ha quedado sin coartada.
Lo primero sería una bendición para el país. Respecto a lo segundo… un autócrata no necesita coartadas.

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