Lo peor que le puede suceder a la naturaleza es darle poder de decisión a un ecologista. Es alguien imbuido de ideas que no han sido verificadas -es decir, totalmente ajenas al método científico- pero, que aun así, insistirá en llevar a la práctica, por lo común con resultados desastrosos.
La penúltima es establecer medidas para
favorecer el abandono progresivo de las jaulas, reducir el sacrificio
sistemático de pollitos macho y estudiar cómo exigir que el pollo y los huevos
importados cumplan los mismos requisitos para evitar la competencia desleal con
los productores europeos.
Esto último es el quid de la cuestión: ¿cómo
vamos a hacer que -por ejemplo- en la Patagonia sigan los mismos criterios que
en Europa? Es más, ¿cómo vamos a verificar que los cumplen aun cuando digan que
lo hacen? Porque el resultado es que, y esto ya lo he comentado, nos quedaremos sin huevos.
Es la apostilla a la agenda 2.030: no tendrás nada, serás feliz… y pasarás hambre.

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