Los relatos de este volumen podrían haber ido perfectamente entre los capítulos diez y once de la primera novela de la serie: es decir, justo después de la muerte de Kala, la madre de Tarzán, y justo antes de la de Kerchak, el líder del grupo de manganis al que pertenecía Tarzán.
En estas historias, Burroughs presenta al
hombre mono no sólo como el culmen del desarrollo físico humano, sino como
alguien poco menos que un genio: ya sabíamos que había aprendido a leer y
escribir por su cuenta, pero es que ahora condensa, en apenas unas pocas
páginas, siglos (por no decir milenios) de pensamiento humano, pasando de no
plantearse por qué suceden las cosas a elaborar la idea de una divinidad.
También hay aquí muestras de un cierto racismo, muy de la época por otra parte, ya que los negros son presentados en general como salvajes, primitivos, bastante estúpidos y, salvo honrosas excepciones, carentes de toda cualidad reseñable.

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