Cuando alguien de la mano y el capullo proclama una conducta como digna, respetable y progresista, puedes estar seguro de que en la formación lo habitual es lo contrario.
Condenan la prostitución, pero se van de putas.
Defienden la educación pública, pero mandan a sus hijos a centros privados (y
caros). Abogan por la sanidad pública, pero a las primeras de cambio se van a
un centro privado (y caro). Alertan contra el peligro del calentamiento global,
pero queman combustibles fósiles como si no hubiera un mañana. Dicen luchar contra
la piratería, pero no tienen empacho en lucir prendas falsas.
Y así, hasta el infinito y más allá.

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