He intentado negarlo durante días.
He querido creer que, de todas las
estructuras del parque infantil, los toboganes serían los últimos en rebelarse.
Al fin y al cabo, siempre han tenido algo zen: ese deslizamiento suave, esa
capacidad de ofrecer alegría sin pedir nada a cambio, ese brillo solemne de
plástico coloreado que parece decir “sube, niño, te ofrezco la pendiente de
la vida”.
Pues bien.
Me equivoqué.
Monumentalmente.
El temblor de las nueve de la mañana
Llegué al parque poco después de que abrieran
la panadería (detalle importante: si el pan está caliente, el mundo aún no ha
colapsado del todo).
Iba pensando en la reciente insurrección de
columpios cuando lo escuché: Grrrrrrrnnnnck.
No era un rugido.
No era un chirrido.
Era… una mezcla inquietante, como si un
dinosaurio pequeño y oxidado hubiera decidido estirarse después de una mala
noche.
Me giré hacia el tobogán principal —el Alto
Majestuoso, como lo llaman los niños— y lo vi inclinarse.
Así, sin más.
Como una persona que decide mirar por encima
del hombro.
— Oh no —dije, igual que dije cuando
despertaron las farolas, los bancos, las papeleras, las fuentes, los buzones y
las alcantarillas—. No tú también.
El tobogán respondió enderezándose un poco… y
luego se movió hacia la izquierda.
Repito: El tobogán.
Se movió.
Hacia la izquierda.
El éxodo resbaladizo
Antes de que pudiera reaccionar, el tobogán
infantil —un modelo de baja estatura y colores chillones— se deslizó lentamente
fuera de su sitio, arrastrando bolitas de arena como si fueran migas de pan.
Luego se animó más y empezó a girar sobre sí
mismo, como un cachorro hiperactivo.
Un tercer tobogán, el espiralado, vibró con
tal intensidad que pensé que se iba a desenroscar y aparecer como una serpiente
gigante.
No estaba tan lejos de la verdad: empezó a
desenrollarse… poquito a poco.
En ese momento, el concejal de Parques y
Recreo, aún cubierto de arena desde la caída de la semana pasada (cosas de ser
concejal aquí), llegó corriendo.
— ¡NO, POR FAVOR, NO OTRA VEZ! —gritó al verlos.
Los toboganes lo ignoraron con la
indiferencia de un adolescente que descubre que sus padres también existen.
El gran deslizamiento colectivo
Todos los toboganes se reunieron en el centro
del parque.
Sí, TODOS.
Los pequeños.
Los medianos.
El espiralado que seguía desenrollándose con
elegancia.
El Alto Majestuoso que parecía el líder
espiritual del movimiento.
Formaron un círculo.
Y entonces hicieron algo que jamás pensé que
vería: Empezaron a deslizar objetos.
Primero, una pelota perdida.
Luego, una botella de agua semiabierta que
salió disparada como un proyectil.
Después, un cochecito de juguete que no
pertenecía a nadie allí presente (misterio nunca resuelto).
Y finalmente… al concejal.
El Alto Majestuoso inclinó su rampa con
precisión quirúrgica y el concejal, que había estado intentando calmar la
situación con frases vagas tipo “tranquilos, es solo un reajuste recreativo”,
cayó de bruces en el tramo superior.
Los toboganes vibraron con satisfacción.
El concejal descendió a toda velocidad.
Gritó.
Rodó.
Aterrizó sentado.
Y uno de los toboganes pequeños le dio un
golpecito en la espalda, como diciendo: “Gracias por participar.”
El manifiesto resbaladizo
Tras su demostración práctica, el tobogán
espiralado —ya completamente desenroscado y con aspecto de caracol deprimido—
emitió un sonido grave.
Era un discurso.
Lo entendimos todos.
Los toboganes estaban hartos de: ser usados
con zapatos llenos de barro, soportar chicles pegados en sus superficies, oír
gritos a cinco centímetros de sus rampas, que los adultos les dijeran “¡no
tan rápido!” como si ellos pudieran controlar la física, soportar días sin
descanso bajo un sol cruel que calienta el plástico hasta niveles de tortura
medieval.
Querían respeto, mantenimiento, limpieza y
—el punto más sorprendente— turnos de descanso.
Sí.
Turnos de descanso.
Entre toboganes.
El caos posterior
Desde entonces:
Los toboganes se niegan a estar erguidos.
Se tumban, se giran, se inclinan, se estiran.
Uno de ellos se ha colocado horizontal, como
si quisiera ser una cama comunitaria.
El espiralado ha decidido convertirse en una
especie de camino ondulante hacia la nada.
El Alto Majestuoso está ahora vigilando la
entrada del parque, como un guardián ancestral escogiendo quién puede pasar.
Los niños lloran.
Los padres lloran más.
Los perros observan en silencio, reevaluando
su comprensión del mundo.
¿Y ahora qué?
No lo sé.
Pero siento que el Noveno Pueblo está
llegando a un punto de no retorno.
Los columpios mandan.
Los toboganes protestan.
El parque infantil es una zona autónoma
regida por objetos resentidos con muy buena memoria.
Quizá los balancines hablen pronto.
Quizá el suelo de goma despierte.
Quizá los muelles que sostienen el caballito
infantil decidan rebotar hacia la libertad.
Sea lo que sea…
Aquí estaré.
Cansado.
Confuso.
Pero firme en mi deber como cronista.

No hay comentarios:
Publicar un comentario