La izquierda, al menos la española, siente un odio profundo por la riqueza. Por la riqueza ajena, quiero decir.
Para ellos, cualquier cantidad que tengan los
demás es siempre excesiva. Cuanto mayor sea, más ilícitos habrán sido los
medios para onbtenerla y más reprobable será su posesión, aunque sea fruto del
trabajo duro y el buen olfato comercial.
Así, han pasado de criticar las
contribuciones de Amancio Ortega por el simple hecho de producirse, a hacerlo
porque, según ellos, suponen para el magnate gallego poco más que el chocolate
del loro. Así, los fondos que ha destinado como ayuda a Venezuela tras el
terremoto equivaldrían, según ellos, a que una persona normal donara un euro y treinta y ocho céntimos.
Pues no me sorprendería que muchos de los que tanto critican no hayan entregado ni siquiera la décima parte de esa insignificancia.

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