He señalado muchas veces que existen grandes puntos de coincidencia entre los secesionismos regionales españoles y el partido de la mano y el capullo.
En efecto, se les han reído tantas veces las
gracias, se les han consentido tantas cosas, que han acabado creyéndose que
todo el monte es orégano (u orgasmo, como decía uno que yo me sé), y que
más allá de los Pirineos sus pamemas, monsergas y desplantes van a tener la
misma acogida benevolente que tienen, por ejemplo, en la Villa y Corte.
Y cuando la primera ministro de Italia, ante
la invasión magrebí en Melilla y el peligro que ello podría suponer para una
Europa sin fronteras interiores, decretó la suspensión del espacio Schengen
entre Italia y España, el psicópata de la Moncloa no reaccionó como lo haría un
político sensato y humilde.
Es decir, que no reconoció el error cometido ni
mostró comprensión por la actitud de Meloni. Muy al contrario, la amenazó con
medidas proporcionales si no levantaba en dos días la suspensión.
Mientras, entre los partidos europeos se oían críticas por el no dar la cara de
los titulares de Invasiones y de Inseguridad Ciudadana.
Casi mejor, porque vistas las sandeces que rebuznan cuando abren la boca…

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