En este volumen, uno diría que a Burroughs, por así decirlo, se le empezó a ir un poco la pinza. Pero de eso hablaré luego.
Podríamos decir que esta novela es un
ejercicio de metaficción. Para empezar, comienza en un estudio de Hollywood que
se dispone a hacer una película sobre un hombre criado en África entre leones.
Para interpretarlo eligen a un deportista, campeón mundial de maratón. Tan
físicamente parecido a Tarzán que quienes se encuentran con el rey de los monos
creen estar hablando con el actor.
El paralelismo con la realidad es evidente. No
sólo se trata de un hombre criado por fieras, sino que el actor que lo interpreta
(actor por decir algo) es un deportista. Para la fecha en que se publicó esta novela,
Johnny Weissmüller, campeón olímpico de natación, ya había interpretado por
primera vez al hombre mono.
Tarzán no aparece de cuerpo entero hasta
pasado el primer tercio de la novela. Llega aquí la ida de olla de Burroughs,
que introduce a un científico loco más propio de sus sagas de Marte o Venus (no he leído esta última, pero apostaría duros contra pesetas a que no me equivoco) que
de esta de la selva. Para remate, un mapa presuntamente falso resulta ser
verdadero.
Y, en una última ironía, el propio John Clayton no es considerado apto para interpretar a Tarzán. Como aquel caso que se suele citar en que Charlot (o Elvis) se presentó a un concurso de imitadores suyo y quedó tercero.

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