En Hispanoamérica -no digo Iberoamérica porque los brasileños, que yo sepa, no se ocupan de estas pendejadas-, cuando se suscita el tema del saqueo, el genocidio, la opresión y demás que España impuso al continente, quienes lo suelen hacer, además de ser de izquierdas, acostumbran a ser sujetos que de indígenas tienen bastante poco.
Es como dicen que dijo Salvador de Madariaga
al tirano de las barbas cuando éste se dirigió al intelectual acusándole de todos
los males que habrían causado sus antepasados (los de Madariaga) tras cruzar el
Atlántico. Disculpe, comandante, respondió, serían los suyos: los
míos se quedaron en España.
Así, tenemos el caso de López Obrador, que
además de tener dos apellidos bastante poco aztecas presenta una tez tirando a
pálida; o el de su sucesora, que por no nacer ni siquiera nació en México; o el
del chófer de autocar devenido dictador, que anunció hace un par de semanas que
haría una reclamación profunda para que España pague reparaciones a los pueblos originarios.
Si esos pueblos originarios nos reintegran todo lo que nos gastamos allí -ciudades, universidades, catedrales, vías de comunicación-, por mí de acuerdo.
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